Volver de vacaciones no siempre significa que estés deprimida. A veces significa que tu mente necesita adaptarse a un cambio de ritmo.
Y otras veces, ese “bajón” puede estar diciéndote algo más: que durante las vacaciones has vuelto a conectar contigo y que despedirte de esa versión de ti puede doler.
En este artículo quiero proponerte una mirada diferente a la llamada “depresión posvacacional”, para que tu vida cotidiana también tenga un poco más de ti.
Regresas de vacaciones. Deshaces las maletas. Vuelves al trabajo, a los horarios, a las obligaciones, a las prisas…
Y, de repente, notas que estás más cansada, te cuesta levantarte, tienes menos ilusión y, quizás, te irritas con más facilidad.
Entonces, aparecen esas dos palabras que tanto suenan en esta época del año: depresión posvacacional.
Y, sin darte cuenta, empiezas con el “bajón”.
Y cuando alguien te pregunta qué tal las vacaciones, respondes con melancolía, tristeza y un sutil enfado cosas como… “¿Las vacaciones? Ya se me han olvidado”. O… “de vacaciones una siempre está bien.”
Y lo asumes. Te resignas, porque volver a la rutina es lo que toca y no se puede cambiar.
¿Te resulta familiar?
Pero… ¿te has dado cuenta de la tremenda carga emocional que tienen estas dos palabras?
¿Y si lo que estás pasando es, simplemente, un periodo de adaptación?
Y es que hay algo que solemos olvidar: que los periodos de adaptación no ocurren únicamente cuando volvemos de vacaciones.
También pueden aparecer cuando nos vamos.
No solo volver: también irse
Cuando llegan las vacaciones pensamos que todo va a ser maravilloso.
Que por fin descansaremos y tendremos tiempo.
Sin horarios, sin despertador, sin prisas.
Pero precisamente esa transición también puede generar cierto malestar.
Porque pasamos, en cuestión de días, de una rutina perfectamente estructurada a otra mucho más imprevisible.

Cambian nuestros horarios de comida, de sueño y nuestra alimentación.
Hacemos cosas diferentes y tenemos más tiempo libre.
Quizás viajamos y dormimos fuera de casa.
Nos relacionamos con personas diferentes.
Prescindimos de muchas de las referencias que nos ayudan a organizar nuestro día a día habitual.
Para algunas mujeres, ese cambio suele resultar especialmente difícil.
Por eso pueden sentir más irritabilidad, ansiedad, cansancio, sensación de descontrol o, incluso, una cierta tristeza.
No necesariamente porque las vacaciones estén yendo mal.
Sino porque adaptarse requiere energía.
La mente necesita adaptarse
Nuestra mente busca patrones y cierta sensación de control.
Le gusta saber qué va a ocurrir y qué toca después. A qué hora tenemos que levantarnos y cuándo comeremos. Qué tenemos que hacer y qué van a hacer los demás.
Y tener cierta previsibilidad nos ayuda a sentirnos seguras.
Por eso, cuando cambiamos nuestras rutinas, nuestro cerebro necesita reajustarse.
Y esto puede ocurrir tanto cuando empezamos las vacaciones… como cuando las terminamos.
Quizás no es que estés mal porque tus vacaciones se hayan acabado.
Es posible que simplemente estés atravesando un periodo de adaptación.
¿Y a que “periodo de adaptación” suena diferente que “depresión posvacacional”?
Quizás te suena más ligero, más manejable, y, sobre todo, menos definitivo.
Y las palabras importan. Y mucho.
Porque la forma en la que nombramos lo que nos ocurre también influye en cómo lo interpretamos, en lo que sentimos y en cómo lo gestionamos.
Entonces… ¿qué es la depresión posvacacional?
La expresión se ha popularizado muchísimo para describir el malestar que algunas personas experimentan después de las vacaciones.

Cansancio.
Apatía.
Irritabilidad.
Dificultad para concentrarse.
Falta de motivación.
Tristeza.
Pero sentirse así después de las vacaciones no significa necesariamente que estés deprimida.
Una depresión es mucho más que estar triste o desmotivada durante unos días, y utilizar esa palabra puede hacer que sintamos que lo que nos ocurre es más grave, permanente o más difícil de manejar de lo que realmente es.
Por eso, cuando hablamos de un malestar transitorio relacionado con la vuelta a la rutina, puede resultarnos más útil hablar de un periodo de adaptación o de ajuste posvacacional.
Puede parecer una cuestión de palabras sin importancia.
Pero no lo es.
Porque llamarlo de una manera u otra puede cambiar lo que nos contamos sobre lo que nos pasa y, con ello, nuestra manera de afrontarlo.
Y algo todavía más interesante…
El fin de las vacaciones puede que no sea la causa de cómo te sientes.
Quizás simplemente está haciendo más evidente algo que ya estaba ahí.
Durante unos días, puede que hayas podido…
dormir más.
disponer de más tiempo para ti.
dejar de correr y de poner parches.
hacer cosas que te gustan.
estar más presente y serena.
disponer de más espacio para escucharte.
decidir con más coherencia qué hacer, cómo hacerlo y con quién.
En definitiva, quizás has tenido más espacio para estar contigo y para ti.
Y entonces vuelves a tu vida habitual. Y aparece ese pensamiento… “No quiero volver a esto.”
Quizás no estás deprimida. Quizás sientes tristeza porque estás haciendo una comparación.
Estás comparando cómo te sientes cuando tienes espacio para ti, con cómo te sientes cuando tu vida vuelve a llenarse de obligaciones.
Y esa tristeza y esas comparación puede darte una información muy valiosa.
Porque quizá el problema no sea volver de vacaciones.
Quizá lo que te duele es despedirte de esa parte de ti que aparece cuando te dedicas tiempo de calidad.
Tu malestar te habla
A veces, durante las vacaciones nos permitimos cosas que el resto del año dejamos en segundo plano: dormir un poco más, pasear sin mirar el reloj, leer, hablar tranquilamente, estar con las personas que queremos, no hacer nada, hacer deporte porque nos apetece, divertirnos…
Y cuando volvemos a la rutina, podemos echar de menos mucho más que las vacaciones.
Podemos añorar cómo nos sentíamos durante esas semanas.
Por eso, quizá ese “bajón” no sea solamente tristeza porque el verano se ha terminado.
Quizá también sea el dolor de dejar atrás, otro año más, una forma de estar contigo que durante las vacaciones has podido recuperar.
Así que, es posible que eso que llamas “depresión posvacacional” sea, en parte, la dificultad de despedirte de esos momentos en los que has podido estar más conectada contigo.
Y aquí te lanzo una pregunta interesante:
¿Qué parte de lo que has vivido estas vacaciones necesitas llevarte contigo?
Toca preguntarte cómo puede tu vida cotidiana
empezar a tener más de esas cosas que te hacen sentir bien.
Septiembre puede ser una oportunidad
Ahora que sabes esto, no necesitas volver de vacaciones y cambiar tu vida de un día para otro.
Y tampoco justificar tu estado emocional diciendo “tengo depresión posvacacional”.
Pero sí puedes aprovechar este momento para hacerte algunas preguntas importantes:
¿Qué es exactamente lo que me está costando tanto de este cambio?
¿Qué he vivido durante las vacaciones que estoy echando de menos?
¿Qué cosas de mis vacaciones me gustaría conservar en mi vida cotidiana?
¿En qué momentos concretos me he sentido más conectada conmigo?
¿Qué pequeñas cosas podría introducir en mi día a día para volver a sentirme así?
Porque quizás el objetivo no sea simplemente esperar a que pase ese malestar y seguir adelante con tu vida como si nada.
¿Y si este momento se convierta en una invitación a revisar tu vida cotidiana para priorizarte de una vez?
Y es que hay cosas que te hacen bien
y no deberían estar reservadas únicamente para las vacaciones.
¿No crees?
Y no estoy hablando de “vivir de vacaciones”.
Sino de construir una vida cotidiana en la que también haya espacio para ti.
Una buena pregunta abre caminos
La próxima vez que digas «Tengo depresión posvacacional», prueba a sustituirlo por… «Estoy en periodo de adaptación.»
Y después pregúntate:
“¿Qué me está diciendo esto que siento, de la vida a la que estoy volviendo?”
Quizá este nuevo enfoque te permita descubrir algo importante:
que no necesitas esperar al próximo verano para volver a sentirte conectada contigo.
que puedes empezar a incorporar ahora pequeñas cosas realmente valiosas para ti en tu vida cotidiana.
Y quizá ahí esté la verdadera oportunidad de tu vuelta de vacaciones: volver a conectarte contigo.
Si sientes que los cambios te desestabilizan y notas malestar, porque tu vida cotidiana se ha convertido en una sucesión de obligaciones, escríbeme.
Te ayudo a comprender lo que estás sintiendo, a encontrar una manera diferente de relacionarte contigo misma y a liderar tu propia vida.
