NO TE ENSEÑARON A SER ASÍ. LO APRENDISTE

Hay un estilo de frases que escucho con muchísima frecuencia pero, especialmente, durante los procesos terapéuticos que llevo a cabo:

Me enseñaron que pedir ayuda era de débiles.
Me enseñaron a vivir pendiente del qué dirán.”
Me enseñaron a ser fuerte.”
Me enseñaron a callarme y a obedecer.”
“Me enseñaron que no me podía equivocar.”

Son frases reales que describen infancias, experiencias profundas y que tratan de dar sentido a determinadas maneras de ser y de comportarse.

Pero cada vez que escucho algo similar, me reafirmo más en esta idea: el lenguaje que utilizamos para explicar cómo somos, influye directamente en nuestro poder para transformarnos.

Las palabras no son inocuas. Dan forma a la manera en la que interpretamos nuestra realidad, a cómo nos relacionamos con ella y, sobre todo, a cómo nos vemos a nosotras mismas.

Por eso hoy quiero invitarte a reflexionar sobre dos maneras de expresarnos que, aunque parezcan decir lo mismo, en realidad nos colocan en lugares muy diferentes.

Existe un matiz muy importante que quiero aclarar.

Una cosa es reconocer de dónde vienen nuestros comportamientos, y otra muy distinta es creer que, porque vienen de ahí, ya no podemos hacer nada con ellos.

Tomemos como ejemplo estas dos frases:

Me enseñaron que no me puedo equivocar” y Aprendí que no me puedo equivocar.”

A simple vista, dicen lo mismo, ¿verdad?

Sin embargo, no producen en nosotras el mismo efecto. Y quizás ya lo hayas percibido.

En ambas frases ponemos el foco en el origen del comportamiento.

Pero… ¿sabes?
Las palabras que usamos para describir ese origen son fundamentales.

Y es que nadie llega al mundo sabiendo que no se puede equivocar, que debe hacerlo todo perfecto, que vale menos que los demás o lo importante que es el qué dirán.
Claro que no.

De niñas aprendemos de nuestras personas de referencia, de nuestro entorno y observando lo que ocurre cuando actuamos.

Así que, lo más probable, es que nadie te dijera literalmente: No puedes equivocarte.”
¿A que no?

Lo que sí pudo ocurrir fue que observaras que, cuando te equivocabas, papá y mamá se enfadaban mucho contigo … o se ponían más tristes, o quizás te retiraban la atención… o incluso el cariño.

Es decir que, en este ejemplo concreto, quizás en tu infancia aprendiste que era mejor no equivocarse, porque hacerlo tenía consecuencias muy dolorosas para ti.

Muchas de las cosas que hoy creemos que “nos enseñaron” de niñas, en realidad las fuimos aprendiendo nosotras para adaptarnos al entorno y a las circunstancias que vivíamos, y con el legítimo objetivo de sentirnos queridas, seguras o aceptadas.

Seguimos con el ejemplo.

Cuando nos decimos me enseñaron que no podía equivocarme” … es probable que empecemos a sentir, como una pesada losa, que salir de nuestro perfeccionismo y o de nuestro miedo a arriesgarnos ya no depende de nosotras.
Y que, por tanto, no podemos cambiarlos.

Y puede que lleguemos incluso a concluir algo tan limitante como:
Si me lo enseñaron… es mío y me lo tengo que quedar. Como un tatuaje.”

Por eso, seguimos justificando nuestro sufrimiento actual desde lo que nos enseñaron.
Y así, sin darnos cuenta, cedemos nuestro poder personal.

Lo que ocurre es que, con estas ideas, tenemos muy poco margen de acción, ¿no crees?
Sobre todo para plantearnos cualquier cambio.

Porque si todo se basa en que somos como otros nos enseñaron a ser… ¿dónde queda nuestra capacidad para elegir algo diferente?

Di… Me enseñaron que no me podía equivocar.”

Ahora prueba a decir lo mismo de esta manera… Aprendí que no me podía equivocar.”

¿Notas la diferencia?

No estás negando tu historia ni tus comportamientos.
No estás culpando a nadie.
No estás diciendo que tus padres, tus cuidadores o las personas de referencia en tu infancia no te marcaran.

Cuando dices aprendí, no sólo reconoces el origen de cómo te comportas hoy, sino también que ese aprendizaje fue la mejor estrategia que encontraste para adaptarte al entorno en el que creciste.

Y, probablemente, no lo hicieras de forma consciente.

Porque una niña no tiene los recursos emocionales necesarios para gestionar todo lo que vive.
Simplemente, aprende lo que necesita para sentirse segura, querida o aceptada.

Que si entonces te quedaste con ese aprendizaje por los recursos que tenías, ahora puedes revisarlo como adulta, decidir si lo mantienes y hacer los cambios que más se adecúen a la mujer que eres ahora.

Es decir, que si de niña te quedaste con la idea de que:

no te podías equivocar,
callarte evitaba que se enfadaran contigo,
había que poner siempre a los demás por delante,
pedir ayuda era de débiles,

hoy puedes…

pensar que equivocarte te hace crecer.
aprender a expresarte con asertividad.
decidir empezar a priorizarte.
optar por ponerte en valor y aceptar la generosidad y el cariño de los demás.

No. No es que te hayan enseñado y ya está.

Simplemente, aprendiste estrategias por supervivencia, para sentirte aceptada y querida por tu entorno.

Y esas estrategias te ayudaron en aquel momento. Te protegieron.

Pero que un aprendizaje te haya servido de niña no significa que tenga que seguir dirigiendo tu vida.

Identificar de dónde vienen tus patrones de comportamiento es necesario.
Te ayuda a dejar de juzgarte, a mirarte con compasión y a entender por qué reaccionas como reaccionas.

Pero el verdadero cambio empieza cuando, además de decirte lo aprendí empiezas a preguntarte ¿lo quiero seguir sosteniendo?.

Ahí es donde comienzas a recuperar tu poder personal.

No desde la culpa y el reproche hacia quienes “te enseñaron”.
Y tampoco negando lo que viviste.

Sino desde la responsabilidad de decidir qué aprendizajes quieres mantener y cuáles ya no tienen lugar en la mujer que eres hoy.

La próxima vez que te escuches diciendo “es que me enseñaron…”  para y cámbialo por “yo aprendí…”

Esa pequeña diferencia te recordará que lo que aprendiste en tu infancia, no tiene por qué acompañarte toda tu vida.

Las palabras con las que te cuentas tu historia y cómo eres, merecen ser revisadas.
Tus heridas pueden ser comprendidas y sanadas.

Pero, lo más importante, ninguna de ellas tiene por qué ser una condena para ti.

Porque recuperar tu poder personal empieza, muchas veces, cambiando las palabras que te dices.
Y es entonces cuando empiezas a descubrir que puedes dirigir tu propia vida.

Así que, si llevas años repitiéndote las mismas cosas y sientes que no avanzas, escríbeme.

Te guío para que comprendas el origen de tus comportamientos, cuestiones tus aprendizajes y lideres tu vida.

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Laura Rodríguez Terapeuta
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