LA VERGÜENZA QUE NO SABES QUE SIENTES.

Podemos identificar casi todas las emociones con bastante facilidad.

La tristeza suele apreciarse en la expresión facial, en la postura del cuerpo y en una actitud apática.
El enfado, por ejemplo, en el tono de voz.
El miedo, en la tensión del cuerpo o en la parálisis.

Sin embargo, hay una emoción que pasa mucho más desapercibida. No porque aparezca menos, sino porque casi nunca se muestra con su verdadero nombre y es difícil de detectar.

Esa emoción es la vergüenza.

Y es que muchas mujeres pasan años intentando gestionar la ansiedad, la tristeza o incluso el enfado que sienten… sin darse cuenta de que, debajo de todo ello, puede existir vergüenza.

El motivo es que, en realidad, la vergüenza es una de las emociones que mejor sabe esconderse.

En el día a día, cuando hablamos de vergüenza solemos decir cosas como:

“Me da vergüenza hablar en público.”
“Me da vergüenza pedir ayuda.”
“Ay, no… que me da mucha vergüenza…”

Pero, en la mayoría de estas situaciones, lo que sentimos no es exactamente vergüenza.
Solemos estar hablando de inseguridad, timidez, miedo al juicio o incomodidad al exponernos.

La vergüenza, desde la Inteligencia Emocional, va mucho más allá de una situación concreta.

Y esa diferencia lo cambia todo.

La vergüenza es una emoción que aparece cuando interpretamos que hay algo en nosotras que “está mal”.
Que somos o tenemos algo defectuoso, que nos hace menos valiosas, y que podría provocar que dejaran de querernos, aceptarnos o elegirnos.

Pero, fíjate en un matiz muy importante.

La vergüenza no te confirma que haya algo malo en ti. Sólo te informa de que tú crees que lo hay.

Por eso, identificarla y gestionarla no consiste en luchar contra ella, sino en preguntarnos “¿Qué estoy creyendo realmente sobre mí?

Cuando una mujer comienza conmigo un Proceso Terapéutico de Alto Impacto, casi nunca la escucho decir “siento vergüenza”.

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Lo que suele comentar es:

“tengo mucha ansiedad
“he perdido la ilusión
me cuesta avanzar”
“soy como una bomba; exploto continuamente
no consigo encontrar una pareja”

Y cuando trabajamos en profundidad comienzan a aparecer creencias limitantes de identidad como:

No soy suficiente.
Nunca hago nada bien.”
Los demás pueden y yo no.”
No valgo para esto.”
Siempre decepciono a alguien.”

Y es precisamente cuando aparecen este tipo de creencias de identidad cuando solemos descubrir que, debajo de la ansiedad, la tristeza, la rabia o el perfeccionismo, hay una emoción mucho más silenciosa: la vergüenza.

Porque la vergüenza se oculta de muchas maneras. A veces como ansiedad, tristeza o ira. En otras ocasiones como perfeccionismo, autoexigencia, necesidad de agradar, bloqueo o, incluso, como procrastinación.

Y te preguntarás… ¿pero cómo puede ser que la ira oculte vergüenza?
Parece una contradicción, ¿verdad?

Te lo explico brevemente.
Porque, en ocasiones, cuando nos creemos “poca cosa”, la vergüenza se encarga de que esa insignificancia no quede expuesta ante los demás y nuestras acciones se orientan hacia ese objetivo.

¿Y cuál es una de las mejores maneras de no parecer “poca cosa”?
Mostrarnos fuertes, utilizando el poder, la superioridad, el control o el amedrentamiento que puede proporcionar la ira.

Porque es más fácil parecer poderosa que dejar que los demás vean que, en el fondo, “me siento pequeña, insegura o vulnerable”.

Ninguna de nosotras nace creyendo que no merece ser querida, ni sintiéndose insuficiente.

Esas son conclusiones a las que llegamos cuando, en edades tempranas, no tenemos los recursos necesarios para interpretar lo que ocurre a nuestro alrededor.

Pocas veces alguien nos ha dicho literalmente:
No vales.”
Eres un fracaso.”
No eres importante.”

Sin embargo, una niña observa constantemente cómo reaccionan sus adultos de referencia ante lo que hace.

Silencios, comparaciones, exigencias, miradas, gestos, quejas.

Observa lo que ocurre cuando se equivoca, cuando llora, cuando pide.

Y por si fuera poco, además supone que los adultos son los que más saben, los que llevan la razón y son “todopoderosos”.

¿Y qué crees que hace con toda esa información?
Saca conclusiones y adquiere comportamientos que le ayudan a sentirse segura y querida dentro del entorno en el que vive.

Pero esas conclusiones no suelen llevarle a pensar… “anda que mi padre… como se ha pasado con el bofetón…”.
No.

Concluye cosas como “si mi padre, que para mí es la persona que sabe cómo funciona el mundo, me ha pegado… será porque hay algo malo en mí.”
O… “para que papá me quiera no puedo ser como soy.”

Ahí empieza todo.

Y no es que estas conclusiones sea realmente verdad.
Es que fueron las explicaciones que mejor pudo construir esa niña con los recursos que tenía en ese momento.

Una mujer que tiene creencias limitantes de identidad, poco a poco deja de priorizarse, empieza a vivir pendiente de no decepcionar, no puede asumir riesgos e incluso practica el autocastigo… en cualquier nivel de intensidad.

Y, en ocasiones, se piensa que para que una mujer, por ejemplo, se autocastigue ha debido de vivir en su infancia un gran trauma.

Y no tiene por qué ser así.

Una cosa está clara. No hacen falta grandes traumas para que una mujer adulta crea que no es valiosa y viva desde una vergüenza escondida.

A veces basta con haber vivido durante la etapa infantil cientos de experiencias sin importancia, o mensajes sutiles repetidos en el tiempo… para que una niña llegue a una conclusión así de dolorosa.

Y es desde ahí desde donde empieza a construir su forma de relacionarse con el mundo.

Cuando sufrimos porque la vergüenza está camuflada detrás de otra emoción, solemos gestionarlo de la mejor manera que sabemos, tratando de hacer desaparecer ese sufrimiento.

Por ejemplo: nos exigimos más, nos criticamos, tratamos de hacerlo todo aún más perfecto, nos escondemos.

Pero pocas veces nos preguntamos qué hay debajo de ese tremendo dolor.

Y es que la vergüenza no suele señalar un problema real. Suele señalar una creencia limitante de identidad.

Por eso merece la pena preguntarse:
¿Qué creo realmente sobre mí?
¿Cómo de importante pienso que soy?
¿Cuál es la verdadera razón por la que quiero hacerlo perfecto?
¿Qué creo realmente que pasará si me equivoco?
¿Estoy viviendo para agradar?

La respuesta rara vez tiene su origen de la situación presente.
Casi siempre habla de conclusiones a las que llegaste cuando eres niña, y de una vieja historia que te empezaste a contar sobre quién eres.

La vergüenza tiene una función positiva.

Y cuando la identificamos, nos ayuda a revisarnos y a sacar lo mejor de nosotras.
Pero cuando permanece escondida, no se puede gestionar y trata de protegernos impidiendo que el exterior conozca “nuestro defecto”.

Te impide hablar… no vaya a ser que se den cuenta de que eres tonta.
Te hace dudar constantemente de ti y esperar que decidan otros. Porque si no decides, no tienes el riesgo de equivocarte. Y así nadie se dará cuenta de que eres inútil.
Te lleva a compararte para comprobar si hay alguien mejor que tú. Y si lo hay,mejor me oculto, no vaya a ser que se den cuenta de que no soy suficiente”.
Consigue que escondas tus logros, porque temes que si alguien se da cuenta de que fue pura suerte, descubrirán que “por mí misma no soy capaz”.
Te mantiene en relaciones tóxicas, porque si “soy basura, no puedo merecer nada mejor”.

Es decir, que termina haciéndote creer que tú eres el problema de lo que te ocurre.

Pero no. El problema es cómo interpretaste lo que viviste y lo que empezaste a contarte sobre ti misma.

La vergüenza no suele aparecer porque realmente haya algo malo en ti.

Pero ¿sabes lo mejor? Esa historia puede revisarse y cuestionarse.

Gestionar la vergüenza no consiste en evitarla y seguir viviendo en otras emociones.

Consiste en que deje de dirigir tu vida

haciendo algo importante para ti, a pesar de lo que piensen.
expresando lo que necesitas.
poniendo un límite.
equivocándote sin cuestionar tu valía.
permitiéndote enfadarte.
decidiendo aunque te puedas equivocar.

Con cada una de estas cosas, estás enseñándole a tu cerebro una forma nueva de actuar y de relacionarte contigo misma.
Y eso también se entrena.

Un día interpretaste que debías esconderte para sentirte aceptada y querida.

Pero hoy puedes ver más allá y enfocarte en que, cómo se comportaron contigo tus adultos de referencia, fue también el resultado de sus propias heridas de la infancia.

La vergüenza no define quién eres.
Sólo habla de aquello que un día interpretaste con los recursos que tenías.

Identificarla y comprender de dónde viene es el primer paso para gestionarla.

Si llevas años sin avanzar, sin ilusión, y sintiendo habitualmente tristeza, rabia o ansiedad, quizás existe alguna creencia de identidad que te esté provocando vergüenza y te limite.

Te ayudo a que identifiques y comprendas tus emociones, a cuestionar las creencias que hoy te frenan y a recuperar tu poder personal.

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Laura Rodríguez Terapeuta
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